sábado, 10 de octubre de 2020

Australia X - Los Doce Apóstoles

Que en realidad son ocho… Lo que ocurre es que el número doce les gustó más a los que pensaban en atraer el turismo; los mismos que cambiaron el antiguo nombre del lugar, Sow and Piglets (la Cerda y los Lechones en español), por el de la referencia bíblica. Un noveno Apóstol cayó en 2005.





La Cerda era la isla Muttonbird, mientras que los Lechones eran las formaciones de piedra más pequeñas. Porque eso es lo que son, agujas de piedra caliza formadas por la erosión, que se va comiendo la roca más blanda a un ritmo de dos centímetros al año (Wikipedia).




Puede que este lugar pille a más de uno por sorpresa, pero es uno de los iconos de Australia, y cualquiera que se haya interesado un poco por esta parte del inmenso país, lo conoce, aunque solo sea por haberlo visto en alguna postal.





Estamos en el Parque Nacional de Port Campbell, en una zona de costa al oeste de Melbourne que se conoce como la Great Ocean Road, y el paisaje es simplemente espectacular. Más si cabe en un día soleado en el que el color amarillo de las rocas combina a las mil maravillas con el azul del mar y del cielo.





Hay gente, pero el lugar es tan grande que apenas lo notamos. La mayoría aparecen en grupos organizados que se marchan con la misma rapidez con la que llegan. Nosotros nos lo tomamos con calma y vamos de mirador en mirador, repitiendo fotos porque todas nos parecen diferentes.





Hay quien intenta sacar todos los pináculos en la misma foto, pero no es posible, al menos desde tierra, ya que algunos quedan ocultos tras los numerosos cabos, cuando no se tapan unos a otros. Hace miles de años, estaban unido al continente, pero el mar va formando cuevas que se convierten en arcos que luego colapsan, dejando estas grandes columnas que pueden medir hasta 50 metros de altura.







Dedicamos dos días a esta parte de la costa australiana, pero nos supo a poco, ya que el sitio da mucho de sí. Ojalá hubiésemos tenido más tiempo para caminar y para bajar a más playas. La vista de los acantilados es increíble, mientras que la temperatura del Océano Antártico es más suave de lo que cabría esperar.

lunes, 28 de septiembre de 2020

Chile XIX – Vinapú

Los ahu son las plataformas sobre las que colocaban los moai en la Isla de Pascua. Aunque no hay dos iguales, la mayoría se parecen mucho entre sí, además de encontrarse cerca de la costa.


Pero siempre hay excepciones, y el grupo de Vinapú es uno de las más sorprendentes. Su parecido con la arquitectura inca es muy llamativo, y eso no pasa desapercibido ni para los estudiosos ni para los turistas que hemos estado en ambos sitios. Las comparaciones son inevitables.


Conocemos muy poco sobre la navegación por el Pacífico cuando ambas culturas estaban en auge y las teorías se multiplican, dando paso a todo tipo de especulaciones sobre si fueron los polinesios quienes llegaron a América o si las culturas precolombinas pudieron alcanzar islas tan aisladas como Rapa Nui.


Thor Heyerdahl consiguió demostrar, con su alocada expedición en la balsa Kon-tiki que era posible alcanzar las islas polinesias desde la costa americana, pero en mi modesta opinión se olvidó de una cosa importante: regresar al punto de partida. Porque todos sabemos los problemas que tuvo Colón para volver a Europa, así como lo que les costó a los exploradores españoles vencer la corriente de Humboldt, por no hablar del tornaviaje que inauguraría el Galeón de Manila. Una cosa es ir y otra bien diferente, volver.


En Wikipedia hay un artículo excepcional sobre estas navegaciones por el Pacífico, en el que se detallan las diversas teorías y se argumenta con pruebas que nombro más adelante. Porque una cosa está cada vez más clara: los polinesios y algunos pueblos precolombinos tuvieron contacto antes de la llegada de los europeos.

Lo que caracteriza y diferencia a este ahu, que en realidad es un grupo de tres, son las grandes losas de basalto y lo bien que encajan unas con otras sin necesidad de mortero. En ninguna otra parte de Rapa Nui hay uno parecido. Vinapú se encuentra al sur de la isla, en la parte oeste de la misma, muy cerca del aeropuerto, y como sucede con todos los ahu que no han sido reconstruidos, los moai andan tirados por el suelo como consecuencia de las luchas internas que se mantuvieron en los siglos XVIII y XIX.






Varios historiadores peruanos piensan que el ahu Vinapú habría sido construido por el inca Túpac Yupanqui durante su expedición al Pacífico en 1465. De hecho, en los Andes, una de las chulpas de Sillustani fue construida en tiempos de ese mismo  inca Túpac de una forma muy parecida. De Sillustaní os hablé hace ya tiempo en esta entrada, por cierto.




Además del parentesco genético entre polinesios e indígenas americanos hay varios vocablos compartidos, a los que se añaden el cultivo del boniato (de origen americano) en Polinesia o la existencia de las gallinas araucanas (de origen asiático) en América del Sur.


Excavaciones y descubrimientos posteriores van dando argumentos cada vez más sólidos a quienes pensamos que hubo contacto entre estas culturas. De este modo, no se trata de una similitud meramente arquitectónica, sino que estamos hablando de mucho más. Esperemos que el transcurrir del tiempo nos traiga más claridad y nos haga entender mejor cómo pudieron producirse.


Fuentes que recomiendo a quienes estén interesados: Vinapú en Wikipedia y la página sobre los contactos transoceánicos precolombinos de la que os hablaba.

miércoles, 16 de septiembre de 2020

Sudáfrica VI - El paisaje de Gansbaai

Nos desplazamos como turistas para ver lugares nuevos que nos han llamado la atención en una revista, en un documental, o más recientemente, en un blog. Nos puede el ansia por llenar unas horas pagadas a precio de oro y anhelamos vivir experiencias, esa chorrada que denomina ahora al pasarlo bien de siempre.




Sin renegar completamente de lo anterior, que es para lo que al final contratamos un viaje y nos desplazamos lejos de casa, valoro especialmente esos momentos de tranquilidad en los que me siento viajero, casi uno más de esa comunidad que me acoge.




En Sudáfrica, en 2017, había dedicado el día anterior a ver tiburones blancos (ya os lo he contado), así que ese día invernal de agosto tocaba algo más tranquilo. Después de almorzar vino Jo, mi experimentada guía, a recogerme, y dedicamos la tarde a buscar ballenas.



Es temporada baja, hay pocos barcos que zarpen para avistar cetáceos y las calles y urbanizaciones, con sus casas de veraneo, están desiertas. Circulamos despacio, recorriendo la costa en un sentido y otro, charlando de cosas tan importantes como la vida misma.




Llegamos al faro y damos la vuelta. Lo mismo hago fotos desde el interior del vehículo que nos detenemos para disfrutar de una costa agreste como corresponde a uno de tantos fines del mundo como hay por ahí. Al sur solo hay agua hasta llegar a la Antártida.




Son momentos que disfruto con pasión y que me dan la misma tranquilidad con la que escribo esta entrada mientras busco en Internet el nombre de las aves que vimos. Un ostrero negro (Haematopus ater), un grupo de ibis sagrados (Threskiornis aethiopicus) y los más conocidos gansos egipcios (Alopochen aegyptiaca), vistos en lugares tan dispares como Londres, Kenia y, ahora, Sudáfrica.





Eso sí, entre unas cosas y otras, las ballenas, tan comunes en esta época, nos han dado esquinazo.