martes, 7 de julio de 2026

Islandia XVI – Mirador de Dyrholaey y Reynisfjara

Veníamos de ver las cascadas de Seljalandsfoss y Skogafoss cuando, sin tiempo para asimilar tanta belleza, nos encaminamos hacia el mirador de Dyrholaey. El sol aparece y desaparece, parcheando los inmensos campos de flores.







El paisaje, en una tarde soleada como ésta, es espectacular e invita a hacer fotos desde el coche, porque no podemos parar cada minuto.





En la cima encontramos un faro además de impresionantes vistas de las playas sin fin que hay en el sur de la isla.








Al este vemos una roca erosionada por el mar, un arco precioso iluminado por el sol de la tarde, y al oeste, la negra playa de Reynisdrangar, mientras que el glaciar Mýrdalsjökull tampoco anda muy lejos. Dyrhólaey, antes isla y ahora península, se eleva unos 120 metros.




Habíamos leído que este era un buen sitio para ver frailecillos, pero lo único que encontramos en los acantilados fueron algunas gaviotas que más que volar eran zarandeadas por un viento fortísimo que amenazaba con derribarnos.






Pregunté a los que ascendían por el sendero y me contestaron que no habían visto ninguno, de modo que, sin perder mucho tiempo, volvimos a subirnos al coche, porque, para variar, íbamos fatal de tiempo. Como sospechaba, los frailecillos están en la playa que hay al pie del promontorio. Miré el reloj, consulté los kilómetros que nos faltaban por recorrer y las cosas que deseábamos ver, y con todo el dolor de mi corazón pusimos rumbo a Reynisfjara.






Esa falta de tiempo es una constante en los turistas con alma de viajero. La realidad te golpea y te impide disfrutar de los lugares como quieres, pero al menos he aprendido a gozar de lo que tengo en vez de llorar por aquello de lo que prescindo.






La playa de Reynisfjara, con sus arenas negras y sus fotogénicas columnas de basalto, se encuentra cerca de la pequeña población de Vik. Uno no viene aquí a bañarse en las gélidas aguas; de hecho, hay carteles por todas partes que advierten del peligro de corrientes y olas inmensas que pueden aparecer de la nada en un instante. Porque este rincón idílico puede convertirse en un escenario de pesadilla. La situación de Islandia hace que no haya ninguna masa de tierra entre la isla volcánica y la Antártida, de modo que las olas tienen toda la longitud del océano Atlántico para crecer y coger fuerza.






Como decía, aquí hay que extasiarse con el espectáculo de unas columnas creadas por una naturaleza caprichosa y paciente. Su forma es el resultado de erupciones bajo el mar en las que la lava se enfría rápidamente.






Las rocas que vemos a lo lejos son las Reynisdrangar, unos trolls que intentaban atraer a los barcos hasta la orilla según la tradición islandesa. Pero fueron sorprendidos por la luz del amanecer y convertidos en piedra. Aquellos que hayan visto la temporada siete de Juego de Tronos puede que las recuerden, pero no es mi caso.







En julio, los días no terminan nunca en Islandia, pero a nosotros todavía nos faltaban algunos kilómetros para llegar a nuestro hotel, en Kirkjubaejarklaustur.

Actualización: La playa de Reynisfjara, lamentablente, se ha visto alterada en febrero de 2026 debido a fuertes tormentas y mareas que se han llevado gran parte de la arena, descubriendo zonas antes ocultas, dificultando el acceso y erosionando el entorno. Es un recordatorio de que la Naturaleza no es estática, sino que cambia continuamente. Como cada vez es más difícil encontrar información fiable en Internet, recomiendo informarse antes de visitarla. En esta página encontré algo de esa información que nos ocultan los que manejan las redes.

lunes, 22 de junio de 2026

India XXX – Deshnok. Templo de las ratas

La mayor parte del viaje por la India, en noviembre de 2011, la hicimos con chófer y resultó perfecta, pero en los primeros días tuvimos que <<pelear>> un poco hasta que quedó claro cómo nos gusta hacer las cosas. Después, todo fue como la seda.






Nos llevaban desde Nueva Delhi hacia Bikaner, y nosotros insistíamos en hacer una parada en Deshnok, algo que, según nuestro chófer, no estaba en el programa. Una llamada lo aclaró todo, porque yo no estaba dispuesto a pasar de largo y perderme el templo de Karni Mata, conocido popularmente como <<el templo de las ratas>>. Aprovecho para avisar de que en esta entrada hay roedores por doquier.






Se cree que Karni Mata era una reencarnación de la diosa Durga y que las 25.000 ratas que viven en el templo son sus hijos. Situado cerca de la frontera con Pakistán, es un destino turístico muy popular, visitado no solo por foráneos como nosotros, sino también por miles de devotos.







Las ratas son de color oscuro, pero hay algunas, muy pocas; blancas, que son consideradas más sagradas aún. Se supone que ver alguna da suerte, algo que no nos ocurrió a nosotros.






Se alimentan fundamentalmente de grano, verduras y leche, pero también les ofrecen queso, dulces, coco, agua, frutos secos e incluso licores. Los cuidadores del templo se aseguran de mantener alejados a los posibles depredadores.






Recordad que hay que descalzarse para visitar este tipo de templos, de modo que recomiendo a los más aprensivos utilizar unos calcetines que se puedan desechar luego. Nosotros llevamos unas calzas de quirófano que, si bien no eran precisamente discretas, nos permitían tirarlas luego sin tener que deshacernos de la ropa. Otra opción es usar esos calcetines que te dan en algunos vuelos de larga distancia.






Semejante espectáculo choca frontalmente con nuestra cultura occidental. Más si cabe si consideramos que los hindúes comen alimentos previamente mordisqueados por las ratas y consideran un buen augurio que éstas pasen sobre sus pies descalzos. Francamente, después de verlos beber agua del Ganges, pocas cosas me sorprenden ya.






Dejando a un lado a los roedores, el edificio en sí merece mucho la pena. Comenzó a construirse alrededor de 1530, inicialmente con un santuario cubierto con una cúpula, pero se fue extendiendo con añadidos a lo largo de los siglos. Su forma actual se la debemos al maharajá Ganga Singh de Bikaner, que lo completó en el siglo XX. La fachada principal es de mármol, con puertas de plata. Varios paneles nos cuentan las diversas leyendas de la diosa, algo que podéis encontrar en la versión inglesa de la Wikipedia.








Pero lo nuestro fue una parada breve; teníamos que seguir camino hacia Bikaner, apenas a treinta kilómetros de aquí. Y, si las cuentas no me fallan, son ya treinta también las entradas dedicadas a este viaje.