viernes, 25 de noviembre de 2022

Tanzania XIII – Olduvai

Veníamos de ver la charca de los hipopótamos, de la que ya os he hablado aquí, y después de almorzar un bocadillo con una Cola Cola compartida con las avispas (lo recuerdo como si fuera ayer) nos fuimos a un lugar especial, al menos para mí: la garganta de Olduvai.



Estamos en África, pero hoy no hay fotos de animales y esta entrada quizás os diga poco a los quienes no estéis interesados en nuestros orígenes. El gran Valle del Rift es una enorme cicatriz en la Tierra causada por los movimientos tectónicos y la erosión, movimientos que han dejado al descubierto sedimentos de hace dos millones de años (podéis tirar de calendario…).

El valle, que recorre nada más y nada menos que 2.900 km, es solo una parte de una inmensa grieta que terminará por dividir África en dos. Su importancia – y el motivo de nuestra visita – radica en la cantidad de restos de homínidos encontrados aquí.




El nombre Olduvai proviene de Oldupai, el nombre local de una planta muy abundante en la zona. Parece ser que los arqueólogos alemanes transcribieron mal el nombre. Fue aquí donde estuvo trabajando el matrimonio Louis y Mary Leakey, en los años 50. Ellos son los más conocidos, pero sigue habiendo arqueólogos en el lugar, algunos de ellos, españoles.

Muy cerca de donde tomé estas fotos hay un museo (Wikipedia, pero en inglés) muy pequeño, falto de medios, pero curioso y bien puesto, donde uno de los lugareños nos dio una explicación de la historia de la humanidad que ya quisiera apropiarse algún catedrático.



No hice fotos dentro del museo (imagino que por no estar permitidas) pero sí de los carteles. No os las pongo porque están en inglés y porque se puede encontrar bastante información en Internet. De hecho, la mayor parte de lo que os cuento está sacado de la Wikipedia.

El museo fue fundado por Mary Leakey a finales de los 70, con la intención de acercar al gran público los fósiles de Laetoli, aunque las huellas que se exhiben son una copia. Estas huellas corresponden a tres homínidos y quedaron preservadas en cenizas volcánicas hace 3,6 millones de años. Ellas demuestran que ya entonces, nuestros ancestros eran bípedos, de ahí su importancia.

Aproximadamente un millón y medio de años separan ese rastro de la industria lítica encontrada en la garganta de Olduvai. Y es que nuestra historia es muy larga, al menos desde el punto de vista de nuestra especie.


Creo que me ha quedado una entrada algo confusa. No sé, quizás intento contar demasiadas cosas en muy pocas líneas. Las quejas se atenderán, con gusto, el próximo 30 de febrero.

sábado, 12 de noviembre de 2022

India XXIV – Udaipur – Hotel Taj Palace

No es este un blog en el que se hagan recomendaciones de hoteles o restaurantes, porque su intención es otra: mostrar los lugares que he visitado, mis fotos y acompañarlas de algún comentario personal con la esperanza de que alguno se levante del sofá, pille una maleta y recorra el mundo tan maravilloso en el que vivimos.



Pero hoy haré una excepción, la segunda, creo, y os hablaré del hotel Taj Lake Palace de la ciudad de Udaipur, no tanto por el establecimiento en sí, sino porque está en un edificio emblemático que merece mucho la pena.



Habíamos llegado a Udaipur en coche desde Johdpur, como parte de nuestro itinerario por el Rajastán y nos quedamos allí dos noches con la intención de descubrir una ciudad espléndida, pero para disfrutar también de este magnífico hotel.





Se dice que el joven príncipe Maharana Jagat Singh le pidió a su padre, Maharana Sangram Singh II, residir en el palacio de Jagmandir, permiso que le sería denegado. A cambio, su padre le preguntó por qué no se construía su propio palacio-isla si tanto le gustaba vivir en la zona. El hijo le tomó la palabra, edificando entre 1743 y 1746 el complejo que podemos ver hoy día completamente restaurado en medio del lago artificial Pichola. Lo llamó Jag Niwas.



Llegamos a tiempo para dar una vuelta por el hotel y contemplar la puesta de sol mientras la ciudad de Udaipur resplandecía al este, bañada por una preciosa luz crepuscular.









Se respiraba mucha tranquilidad porque todos los que allí se alojaban buscaban lo mismo que nosotros, un lugar bonito en el que relajarse.







A la mañana siguiente nos sirvieron el desayuno en el patio principal de este palacio de verano. Cada rincón, sus fuentes y jardines habían sido diseñados para soportar el calor, con paredes blancas, con sus mármoles níveos y el adorno de piedras semipreciosas y nichos donde ahora crecen plantas.






Puede que a alguno le resulte familiar, ya que aquí se rodaron las películas El tigre de Esnapur (1959) y Octopussy, de James Bond (1983). Antes, en 1857, había servido como refugio a varias familias europeas durante el motín Sepoy. Parece ser que con el ánimo de protegerlos, el Maharana Swaroop Singh ordenó destruir todas las embarcaciones de la ciudad para evitar que los rebeldes pudieran arribar a la isla.







Durante el mandato del Maharana Sir Bhopal Singh (1930-1955) un nuevo pabellón fue añadido, pero eso no evitó el progresivo deterioro del palacio. A finales de la década de los cincuenta, el lugar ya estaba desierto, habitado tan solo por nubes de mosquitos. Fue entonces cuando comenzó su transformación en hotel de lujo, uno de los mejores del mundo, según la opinión de muchos. La cadena Taj comenzó a gestionarlo en 1971 y en el año 2000 se llevó a cabo una segunda restauración.




Una barca nos llevó a la ciudad para visitar sus calles, templos y palacios, pero eso lo dejaremos para otras entradas, porque nos espera un paseo vespertino por el lago, una actividad que os recomiendo encarecidamente. También en otra entrada, dedicada al lago en sí os mostraré más fotos.






Si en otros lugares de la India las nubes nos habían hurtado la puesta de sol, aquí se mostraron generosas, regalándonos un atardecer espectacular.






Han pasado ya más de diez años desde nuestra visita. No puedo creerlo.

viernes, 28 de octubre de 2022

Camboya XI - Ta Keo

Poco a poco vamos desgranando algunos de los muchos templos que hay en la zona de Angkor, al menos los que vimos nosotros, ya que visitarlos todos es imposible, pues hay casi un millar (910 según el último recuento).




Este que nos ocupa hoy es un templo hinduista de finales del siglo X. Según la Wikipedia, su nombre original era Hema-sringagiri (Montaña con picos de oro) y estaba dedicado al dios Shiva, pero quedó sin terminar tras la muerte del monarca que lo había encargado, Jayavarman V, si bien las obras continuaron durante el breve reinado de Jayaviravarman.




Hace un sol del demonio, y estoy sudando lo que no está en los escritos, pero el que algo quiere, algo le cuesta, así que toca subir por unos escalones empinados y desiguales.







Apenas habían empezado a adornarlo con relieves, de ahí que la piedra aparezca lisa en muchos lugares. Inscripciones encontradas en las jambas de una de las puertas nos hablan de donaciones recibidas en el 1007, aunque no del año de fundación. En lo alto encontramos cinco templos con forma piramidal que remedan el monte Meru – la morada de los dioses en la mitología hinduista – rodeado por los cuatro océanos.






La galería que seguramente adornaba uno de los niveles ha desaparecido por completo, quizás por estar construida con materiales menos duraderos, como tejas y ladrillos. En este país la selva nunca anda lejos.



Regresamos a nivel de suelo, donde observamos que el templo está formado por una serie de terrazas rectangulares concéntricas que se van elevando en cinco niveles hasta alcanzar los 22 metros de altura. Los 45 a los que se refiere la Wikipedia incluyen, pues, la altura de los prasats que hay en la parte más alta.





En el muro que delimita el santuario y mide 120 por 100 metros de lado, hay cuatro entradas (gopuras). Nada más atravesar una de ellas, encontramos un par de bibliotecas en buen estado de conservación.


Hay que rodearlo, para poder apreciarlo desde todos los ángulos. Una chica me ve tomar una foto y se detiene para no estorbar. Como agradecimiento, cuando la veo enfilar la escalera que no es, le indico que hay otra más cómoda. Quid pro quo.







Es el primer templo en el que los jemeres decidieron usar exclusivamente piedra arenisca, en vez de la laterita, que era más fácil de manipular, pero presentaba un acabado más tosco. Los templetes (prasat) están, sin embargo, construidos con grauvaca, una piedra muy poco habitual en este tipo de monumentos.




Como podéis ver, se trata de una visita muy recomendable.