domingo, 30 de marzo de 2025

Australia XVII – Kings Canyon I

Como os he comentado en anteriores entradas, habíamos alquilado un coche para visitar la zona de Uluru y Kata Tjuta (Ayers Rock & The Olgas para quienes prefieran los nombres occidentales). Se pueden hacer excursiones guiadas en autobús, pero el coche te da más libertad y es la opción que recomiendo.

Pero cuando nos planteamos conocer algo más del centro rojo australiano, en concreto, la zona de Kings Canyon, descartamos el automóvil y nos decantamos por una excursión en autocar. El motivo, que son cuatro horas de carretera en cada sentido, porque en este país las distancias son enormes y las carreteras están sujetas al medio natural y a las inclemencias meteorológicas.

Nos despertamos a una hora indecente, más aun considerando que estábamos de vacaciones, y fue así como vimos amanecer mientras atravesábamos el desierto.




Al menos, nos detuvimos a desayunar en Kings Creek Station, un par de grasientos huevos fritos con beicon y salchichas, capaces de resucitar a cualquiera. El café fue servido y consumido a discreción.




El lugar es curioso, porque después de devorar kilómetros y kilómetros de desierto sin ver un alma, ni siquiera un edificio, llegar a este oasis de civilización es un gran cambio. Aquí se puede comer al tiempo que compras algo de recuerdo o repostas combustible.





Kings Creek Station fue establecido en 1982 por Ian y Lyn Conway, en un lugar en el que no había agua, ni electricidad, ni carreteras ni edificios. En un principio, la idea era criar ganado y camellos, algo que siguen haciendo, pero ahora la actividad principal es el turismo. Cubre un área de 1.800 kilómetros cuadrados.

Si ahora el sitio está aislado como pocos, no quiero ni pensar cómo era cuando la familia se estableció. Un pequeño mapa nos informa de que no andamos lejos del fin del mundo. Nosotros aprovechamos para dar una vuelta antes de reemprender el camino.





Llegamos a nuestro destino a las ocho y media de la mañana, y el calor aprieta ya de lo lindo. El poder del sol no es como para tomarlo a broma en esta parte del mundo, y en el autobús nos han insistido mucho en lo de llevar agua, hasta el punto de que comprueban que cada pasajero que pretenda hacer la caminata larga lleve al menos dos litros.




Porque nos dan a elegir entre dos posibilidades: ascender por unos empinados escalones para bordear el cañón (Kings Canyon Rim Walk), o recorrer un sendero de apenas dos kilómetros (Kings Creek Walk). La primera opción es más interesante, pero hay que caminar 6km en tres horas, con grandes cambios de altitud, sobre todo al principio. Nosotros, cobardes o prudentes, elegimos el otro sendero, que se puede recorrer en una hora. Estamos en el Parque Nacional Watarrka, y las opciones para conocerlo caminando son muchas más, pero en nuestro caso teníamos que regresar a Yulara esa misma tarde.

Aquí empiezan los escalones que nos llevan al recorrido más largo, el que descartamos por su dificultad. Se hicieron famosos al aparecer en la película Las aventuras de Priscilla, reina de desierto (1994).




Seguimos el curso de un arroyo que discurre por la base del cañón. Hay que decir que en este lugar el agua aparece y desaparece de un día para otro. Las piedras nos dan una idea de la fuerza torrencial que puede tener el arroyo en la época de lluvias.

Abundan los gomeros fantasmas (Corymbia aparrerinja), un tipo de eucalipto que los locales conocen como “widowmakers” o hacedores de viudas. El término es común al resto del mundo y se refiere a los hombres que mueren por pararse a descasar bajo la sombra de un árbol cuando les cae encima alguna rama. Estos árboles en concreto, se desprenden de las ramas que no necesitan cuando el agua escasea.







El Kings Canyon australiano (no confundirlo con el parque de California) es un cañón de arenisca roja en el que se refugian más de 600 especies de animales y plantas. Es, nunca mejor dicho, un oasis en medio del desierto del Outback.




Las paredes verticales del cañón se elevan unos 100 – 150 metros desde el lecho del río, y algunas de estas rocas, ahora erosionadas, tienen la friolera de 440 millones de años. Son capas sedimentarias que se formaron cuando aquí había un gran mar interior. El viento y la lluvia las van mermando, y en ocasiones – no muy frecuentes – grandes trozos de roca caen al fondo del cañón, bien porque se desprendan de las paredes, bien porque se deslicen por la pendiente.





De hecho, a los 2,6km el camino está cortado por uno de esos desprendimientos, ocurrido en mayo de 2016, y hay que dar la vuelta. La piedra se llevó por delante un mirador, aunque gracias a Dios no hubo que lamentar daños personales. También se informa allí mismo de que está prohibido entrar en una zona que los aborígenes consideran sagrada por celebrar allí sus ceremonias. El pueblo Luritja vivió aquí durante 20.000 años y mantienen algunas de sus tradiciones, por mucho que yo no comparta ciertas restricciones, como ya os comenté en alguna que otra ocasión.




A pesar de haber hecho frecuentes paradas, nos sobra bastante tiempo, así que nos lo tomamos con calma, metemos los recalentados pies en remojo y tomamos algunas fotos más antes de volver al autobús.







Este monolito fue erigido en memoria de Jack Cotterill, un británico que emigró con su familia en los años 50 del siglo pasado, se estableció en Alice Springs y fue un pionero de la industria turística en esta parte de Australia. Ellos mismos abrieron la primera carretera que llegó a Kings Canyon, cuando alcanzar esta parte remota era en sí una aventura.




En resumen, la ruta que elegimos fue demasiado fácil, pero es que no estábamos en condiciones de hacer la otra, máxime cuando el ritmo de la caminata era alto mientras que a nosotros nos gusta parar y hacer fotos. Es lo que tiene ir en excursiones organizadas, que hay que adaptarse. Aun así, lo pasamos estupendamente.

jueves, 20 de febrero de 2025

La Coit Tower en San Francisco y Lombard Street

Nos acercábamos al final de nuestro viaje por California y nos habíamos reservado San Francisco para los últimos días. La ciudad es muy extensa y el transporte público no es precisamente lo mejor de E.E.U.U. de modo que conservamos el coche de alquiler un día extra para recorrer la Scenic 49 Mile Drive, una ruta circular desde la que es posible apreciar un gran número de atracciones. Ya tendríamos tiempo más delante para subir a los tranvías turísticos y patear la ciudad.




Con nuestras ansias por aprovechar la jornada, nos acercamos a la Coit Tower demasiado temprano. El mirador no abriría hasta un poco más tarde, de modo que nos dimos una vuelta por los frescos pintados en la planta baja, apreciamos las vistas de la ciudad y nos dirigimos a Lombard Street, una de las calles más famosas por aparecer en infinidad de películas.








Los murales fueron pintados en 1934 por un grupo de 26 artistas de diversas procedencias que fueron empleados por el Public Works of Art Project. Nos muestran cómo era la vida en California durante los difíciles años de la Gran Depresión y algunos de ellos fueron censurados por no adaptar sus ideales políticos a los imperantes en la época.








La parte más famosa de Lombard Street, que es una calle muy larga, consiste en ocho curvas que de forma sinuosa salvan un desnivel de 27 metros. Según la Wikipedia, 250 coches transitan por ella cada hora, mientras que dos millones de turistas la visitan al año.






Ya de vuelta en la Coit Tower, descubrimos que se llama así en honor de la acaudalada señora que donó los fondos para su construcción: Lillie Hitchcock Coit. Fue erigida en 1933, cuatro años después del fallecimiento de su promotora, causando más polémicas. Según algunos, la forma alargada del monumento se parecía demasiado a una maguera anti incendios cuando Ms Hitchcok había estado muy relacionada con el cuerpo de bomberos durante gran parte de su vida. Otros pensaban que no cumplía con la última voluntad de esta señora, que había donado un tercio de su herencia para embellecer la ciudad que tanto amó Tampoco faltaban los que argüían su conocida aversión por las torres.




Fue diseñada por el reputado arquitecto Arthur Brown Jr. sobre una de las aproximadamente 42 colinas de San Francisco, llamada Loma Alta por los españoles cuando alrededor de 1930 San Francisco era apenas un pueblo conocido como Yerba Buena. El nombre mutó a Telegraph Hill porque en 1850 había aquí un semáforo que alertaba a los habitantes de la llegada de los barcos. La torre tiene casi 57 metros de alto y se asienta sobre una base rectangular que añade otros diez metros escasos. Todo esto viene en el estupendo catálogo que compré a la salida, que describe además la historia tras los famosos murales.




En cuanto a los murales, que ocupan la nada despreciable superficie de 1.125 metros cuadrados y de los que os traigo otra tanda de fotos, me quedo con las palabras de Linda Banks Downs en el prólogo: En este siglo XXI, cuando los viajes tienden a coleccionar ciudades y países sin entender sus diversas culturas e historias, estos murales reflejan las tensiones reales del arte y la vida que despiertan el pensamiento, el análisis y la visión, y son un texto placentero y desafiante en el que leer el pasado.








Cientos de miles de visitantes suben cada año en el ascensor para disfrutar de las amplias vistas de San Francisco y la Bahía.













San Francisco me fascinó y me horrorizó a partes iguales ya en 2015. Me mostró el mejor lado del progreso junto al drama de un capitalismo exacerbado que genera unas diferencias abismales que no deberían existir en este siglo. No parece que la situación haya mejorado desde entonces.